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Tunez:

Este quizás es el viaje más improvisado que he hecho hasta ahora. Pero las cosas improvisadas suelen salir bien, así que en cuestión de días mi amiga Oli y yo hicimos la maleta y nos fuimos a Tunez, en invierno, y a un precio increible.
Una vez allí decidimos buscarnos la vida por nuestra cuenta, pues hacer excursiones organizadas te permite ver muchos lugares, pero no a tu manera, y siempre muy rápido. Así que conocimos a Sheyla y Cris, y nos alquilamos un coche con chofer tunecino para conocer Sidi Bou Said, las ruinas de Cartago, y la capital, Tunez.

Sidi Bou Said es un pueblo que está muy cerca de la capital, en plena costa norte tunecina. Su encanto reside en sus calles y en sus preciosas vistas al mar y a la bahía de Túnez. Desde allí se pueden ver las imponentes instalaciones del palacio presidencial, al lado del mar y de las ruinas de Cartago.
Una de las características de este pueblo es que sus calles son blancas, y sus ventanas y puertas azules. Según dicen, el blanco para evitar el calor del verano, y el azul para repeler los mosquitos.

Teteria en Sidi Bou Said     calle de Sidi Bou Said

bahía de Tunez

    

Después nos fuimos unos kilómetros hacia el sur, a ver las ruinas de Cartago, muy interesantes, pero un peñazo. Nos llevó mucho tiempo, y son todo ruinas, por lo que recomiendo emplear poco tiempo en esto y visitar otros lugares con más encanto. El completo de Cartago en enorme, y de un lugar a otro hay que desplazarse en coche.

ruinas de Cartago

Y después de visitar las ruinas, nos dirigimos a la capital, Túnez, a despedir el día. Paseamos por el zoco y pudimos disfrutar de la amabilidad de los vendedores, pues el primer día del viaje entramos en la medina de Hammamet, donde nos alojábamos, y es un auténtico coto de caza para turistas. Comprobamos que en zonas muy turísticas, la competencia es bestial, y los vendedores son mucho más agresivos y directos que en lugares más tranquilos.

 

Con el chofer quedamos tan encantados que le propusimos hacer una excursión de dos días por el desierto, en el sur del país, y aceptó encantado. Acordamos el precio en 300 dinares, que es casi el sueldo de un mes. Y a la mañana siguiente nos fuimos hacia el sur. La primera parada fue Kairuán, con su impresionante mezquita, Patrimonio de la Humanidad.

mezquita de Kairuan

En Kairuan hay mucho que ver y visitar, pero no queríamos perder demasiado tiempo, así que tras visitar una fábrica de alfombras artesanales y un lugar donde hacían unos dulces buenísimos, nos subimos al coche para seguir nuestro camino hacia Tozeur.
Nuestra siguiente parada fue para comer en una ciudad llamada Gafsa, sin ningún interés particular. Aprovechamos para cambiar dinero e intentar comprar cerveza en un supermercado (algo imposible).
Seguimos nuestro camino hacia Tozeur, donde llegamos casi al anochecer. Nos paró la policía a la entrada del pueblo para un control rutinario. Luego visitamos un parque temático sobre la historia de la humanidad o algo parecido. En Tozeur hay un palmeral enorme, y pudimos ver como trabaja un artesano la madera de palma, es increíble. Hacía todo tipo de muebles y adornos con madera y hojas de palma, y además muy resistentes. Le compramos unas cuantas cosas y nos fuimos a tomar un te, algo que no resulta sencillo cuando van 3 mujeres. Muchos bares y teterías no aceptan mujeres, pero en Tozeur nos metimos en uno donde las únicas chicas eran mis amigas. No hubo ningún problema, salvo alguna mirada curiosa. Nos tomamos un te con piñones y nos fumamos una shisha antes de dormir. La noche estaba despejada y el cielo estaba repleto de estrellas gigantes... jamás había visto un cielo así.

Tras una noche en vela por culpa del intenso frío, nos despertamos muy temprano dispuestos a alquilar unos camellos y ver el amanecer en el desierto. En Tozeur es un poco dificil alquilar camellos, pero gracias a nuestro chofer tunecino, lo conseguimos a buen precio. Dos hombres bereber nos llevaron fuera de la ciudad, y allí estaba el Sahara.

 

Tras dos horas en camello, paramos en una cabaña en medio del desierto, donde vivía una familia bereber. Allí nos invitaron a un te y a comer una especie de torta de pan recién hecha al fuego, y nos enseñaron su forma de vida. Parece increíble que vivan allí, en medio del desierto, en medio de la nada. Tenían algunos animales y poco más, pero parecían felices. Tras esta pausa, reanudamos nuestro camino en camello hacia el lago salado, un lugar donde la mirada se pierde en el infinito.

Después de 5 horas en camello, regresamos a Tozeur a por el coche, y nos dirigimos hacia Douz, atravesando el lago salado por una carretera. Es recomendable parar un rato al lado del lago y disfrutar de las vistas y la tranquilidad de este lugar.

Al llegar a Douz, buscamos un lugar donde comer, y nuestro chofer se hizo amigo del dueño del sitio, Alí, un tío muy majete. Al salir de comer Alí nos estaba esperando en su coche para llevarnos a la puerta del Sahara. En el coche montamos una fiesta con la música y unas risas, fue una bobada, pero de lo mejor del viaje.

Ali en la puerta del Sahara

Y bueno, esto es lo más interesante. El viaje dio para mucho más, muchas horas de coche, nos quedamos tirados de gasolina y alguna que otra aventura, por no hablar de la forma de conducir...
Los dos días restantes los empleamos en descansar, en disfrutar de la comida tunecina, y algo muy recomendable, visitar un Hamman, un baño árabe, donde tomas baños de vapor, te bañan, te frotan con una especie de guante de esparto que rasca que no veas, y finalmente te dan un masaje que te quedan nuevo. Esta muy bien, es muy auténtico, aunque para los que son un poco escrupulosos no es aconsejable.